domingo, 17 de junio de 2018

La fecha se acerca.


Los fantasmas van y viene últimamente. Se pasean por mi cama y se mente en mi cabeza sin importar el daño que hagan. Saben dónde hacer daño, y es ahí donde hacen hincapié.
Tengo que confesaros algo: desde hace varias semanas estoy algo agobiada con la prueba (la que por cierto faltan de 49 días). Esta vez no está siendo como las otras veces, hay días que me encuentro con algo de presión en el pecho, y las noches son una fiesta entre tanto sueño raro…porque cuando no sueño que me ahogo, sueño que por más que nado no avanzo, y así, mis noches se convierten en una party privada.
Alguien a quien quiero mucho me dijo que algo que lleva esfuerzo y dedicación no se podrá convertir nunca en una derrota, sino una victoria. Y creerme que esos momentos en los que me tumbo por la noche en mi cama, con la música de fondo y los miedos abren la puerta de mi cuarto, intento enfrentarlos con esas palabras, con ese razonamiento que unas veces los hace desaparecer y otras no.
Y todo esto me recuerda un poco a aquellas veces en las que no podía dormir porque acababa de ser diagnosticada. Terribles momentos en los que me quedaba mirando al techo esperando a que alguien llamara por teléfono y me dijera que todo aquello era una broma.
Pero tiempo después de haber superado todo ese miedo, me doy cuenta que a lo que realmente tenemos miedo es a lo desconocido, a salir de nuestra zona de confort, pero joder, es tan necesario.
Hace 3 años no sabía lo que me iba a deparar el futuro (como si ahora tuviera una bola de cristal…) tenía miedo a las pastillas, a las inyecciones, a quedarme empotrada en una silla de ruedas el día de mañana, a que nadie me quisiera por tener esto, a no poder tener hijos…y el miedo me frenó. Sin más. Sin preguntar ni darme un poco de tiempo a asimilarlo.
Conseguí romper de una patada aquella barrera de cristal. Decidí coger las riendas de mi vida y hacer algo bueno con ella. Abrí el blog, dejé de fumar, hice ejercicio hasta el punto de proponerme incluso algo más: enfrentar mis miedos poco a poco, demostrándome a mí misma lo fuerte que soy. ¿Como?  De dos maneras: La primera, haciendole frente a todas aquellas cosas que hacían que el miedo me parase. Y la segunda, exigirme más a mí misma en todos esos momentos en los que la inseguridad, la rutina y la desgana intentasen vencerme. Con el tiempo aprendí a escucharme y sobre todo, a escuchar a mi cuerpo, a entenderlo y tratarlo dándole lo que me pedía y cuidándolo sobre todas las cosas. Aprendí también a perdonarme, perdonar los errores del pasado y los del presente quitándome peso y culpa de las espaldas, pues no hay mayor error que buscar culpables por tener ea, mucho menos nosotros. No busques culpables. Te ha tocado y punto, a seguir.
Tiempo después tuve que parar a reflexionar, pues mi cuerpo me estaba diciendo a gritos que ya no podía más, y por mucho que me doliera darle eso que me pedía, tuve que ceder. En su día, pensé que había perdido una batalla absurda que había creado yo misma, pero en realidad era el miedo disfrazado de argumento totalmente incoherente. No quería volver al tratamiento biológico porque me daba miedo. Me dan miedo las agujas, me da miedo tener que pincharme, me da miedo la palabra cáncer y la mala información que por desgracia hay, me da miedo las infecciones y sobretodo volver a revivir todo lo ocurrido con mi boca…y si amig@ digo “da” porque a día de hoy me sigue dando “yuyu”. Pero gracias a todo lo vivido atrás me doy cuenta de que esas caídas, esas metas superadas, esos “no tengo ganas” o no “me apetece” superados, han hecho de mi la mujer fuerte que siempre quise ser y que, a día de hoy, todavía se está construyendo.

Este año he decidido aumentar la distancia en la travesía del descenso a nado de la ría de Navia (guiño al mejor pueblo del mundo mundial: P). Y parte de que pueda hacerlo (porque lo voy a hacer) es gracias a lo que tanto miedo en su día me daba y que, a día de hoy, me ha vuelto a cambiar la vida, devolviéndome mi cuerpo. El biológico.
Este año me supero más que el anterior, y el que viene será mejor y el siguiente la repanocha…y así hasta que no me quede una gota de aliento. Puede que a veces me salga bien, y otras puede que no. Puede que el día 29 de julio consiga hacer mi travesía de 2400m o puede que no sea capaz. Pero como en otras ocasiones, esta enfermedad me ha enseñado que eso no es lo importante, lo verdaderamente importante es lo que estoy construyendo durante el camino a llegar al objetivo, eso, que me está convirtiendo en la mujer que un día quise ser.

42 días y más fuerte que nunca.










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